MAMÁ ¿PORQUÉ? ¿PORQUÉ? ¿Y POR QUÉ?
- ssimonpaul
- 7 feb
- 4 min de lectura
En esta ocasión, me gustaría compartir una reflexión acerca del uso de la pregunta con nuestros hijos, ya que es uno de los detalles que nos permite pensar acerca de qué estilo educativo podemos estar desarrollando o, en términos más profundos, qué estilo de apego.
¿Qué preguntamos a nuestros hijos en la etapa 0-3 años?
La primera consideración al respecto, es animar a pensar: ¿sobre qué cosas concretas les preguntamos? El niño, poco a poco, va air comprendiendo lo que es “una pregunta” y, por lo tanto, si tiene algún poder decisional sobre lo preguntado: ¿nos vamos a casita? ¿nos vestimos? ¿te sientas en el carrito? ¿qué te apetece cenar? ¿qué quieres que te compre?... Es imprescindible empezar a contemplar que no debemos preguntar a un niño sobre lo que solo el adulto es responsable de dirigir.
El lenguaje HACIA nuestros pequeños debe estar presente desde el nacimiento. Recalcamos esa direccionalidad en mayúsculas, porque debemos ser nosotros, adultos, los que hablemos a nuestros hijos sin tener que NECESITAR reciprocidad por su parte. Vamos a desarrollar un poco esta idea…
Cuando hacemos preguntas a los niños… ¿qué fin estamos persiguiendo?
El uso de la pregunta, en estas edades, debería servir fundamentalmente para ayudarles a REFLEXIONAR y crear PENSAMIENTO. En el aula, al exponerles un material novedoso, por ejemplo, les animamos a pensar con nuestras preguntas:
¿Qué es esto? ¿Qué podemos hacer? ¿Qué forma tiene? ¿Huele a algo…? ¿Es suave o rugoso?...
Lógicamente, esto lo hacemos sin esperar una respuesta determinada, ni coherente, ni verbal, por su parte. Les preguntamos como una forma de animar a la curiosidad, la acción y el pensamiento.
Pero... ¿qué puede pasar si preguntamos con la NECESIDAD de que nos den una respuesta?: ¿qué te pasa? ¿por qué lloras? ¿qué quieres? ¿tienes hambre? ¿tienes sueño? ¿qué necesitas? ¿con quién has jugado? ¿qué has hecho hoy…?
Ante este tipo de preguntas, que generalmente hacemos de manera impulsiva, invitamos a reflexionar:
¿qué puede sentir un niño tan pequeño cuando le preguntamos para que nos ‘informe’, o nos oriente, sobre sus emociones, pensamientos o necesidades?
En estas edades, cuando una pregunta no es una invitación a la curiosidad, es fácil que se perciba, bien como una exigencia a responder de una manera determinada, o bien como un juego donde poder expresar lo primero que uno piensa.
La primera, genera inseguridad en los niños, o tal vez un exceso de responsabilidad. La segunda, crea el precedente de “decir lo que sea”, aún sin sentido.
¿mi madre/padre me pregunta a mí? ¿ellos no saben? ¿yo debería “saber”? ¿es un juego?
Aquí es donde entran en juego las dinámicas del apego (seguro o inseguro): que los niños generen una sensación de seguridad depende de la seguridad que perciban en sus principales figuras de referencia (¿Sobre qué me pregunta mi mamá? ¿Qué sabe mi papá?
Ser un “modelo seguro” para nuestros hijos, no es que tengamos las respuestas a todo.
De hecho, lo normal, es dudar muchísimo cada día, y ante un sinfín de cuestiones. Pero el manejo que hagamos de nuestras dudas determinará si acabamos proyectando ese ‘halo de no saber’ a nuestros hijos o, por el contrario, les mantenemos en un ‘entorno de percepción segura’ (vital en los primeros años, que podrá y deberá ser manejado de otras maneras en etapas posteriores).
Cuando los niños empiezan a respondernos y… ¡a preguntarnos a nosotros!
Aun cuando los niños ya manejan lenguaje, muchas veces no responden a nuestras preguntas. No solo por una cuestión de apetencia (que también podría ser) sino por una falta de elaboración mental.
Para responder a otra persona, tenemos que manejar una “memoria de trabajo” (córtex prefrontal), que sincronice la interpretación del lenguaje del otro, el recuerdo, el procesamiento organizado de una respuesta propia y, al fin, la emisión ordenada de una respuesta verbal.
Entendiendo la complejidad de este mecanismo, deberíamos entrecomillar prudentemente las respuestas que nos dan (o nos pueden dar) nuestros niños. Desde luego, ante cuestiones importantes, debemos buscar información de otra manera: observando metódicamente su comportamiento, contrastando con otros adultos del entorno, con nuestra pareja, etc.
Ellos empezarán también, a hacernos preguntas a nosotros, de manera infinita, sobre todo lo habido y por haber. Y aquí viene un truco importante: no debemos responder automáticamente a las preguntas de nuestros hijos, ni en este período, ni en ningún otro. Una buena respuesta puede ser la “contrapregunta”, sobre todo cuando no conocemos el nivel cognitivo/afectivo de nuestro hijo:
(niño): ¿dónde está el bebé?
(adulto): dentro de la tripa de mamá
(niño): ¿por qué está ahí? ¿cómo ha entrado?
(adulto): ¡qué buena pregunta! ¿Tú que crees? Seguro que es interesante…dime.
Nuestra forma de comunicar, crea su realidad
La FORMA en la que interaccionamos con nuestros hijos, no sólo genera un estilo más o menos seguro en ellos, sino una PERCEPCIÓN GLOBAL DE Sí MISMO Y DE SU PAPEL EN EL MUNDO.
La capacidad de nuestros pequeños de 0-3 años, no debería verse expuesta a tener que asumir el liderazgo de sus necesidades, interpretación emocional y decisiones. Sí así lo experimentara, tal vez podría construir un ‘liderazgo equívoco’, percibiéndose como “el que debe guiar las actuaciones”.
Es importante en esta etapa del desarrollo, que los niños estén suficientemente abiertos y receptivos al entorno, para comprender sus reglas, desarrollar sus habilidades, descubrir sus leyes físicas, horarias… Si, por el contrario, el niño es el que “establece” formas y horarios, relaciones y reglas, sentirá una hiper-responsabilidad que suele transformarse en hiper-exigencia hacia el adulto, así como dificultar la sana salida del egocentrismo hacia la fase de socialización, adaptabilidad e inteligencia emocional.



Comentarios